Miguel
Miguel era un niño un tanto extraño. Al menos eso pensaban los demás niños, y así le miraban cuando, sin mucho sentido, corría entre los tablones de madera que delimitaban el arenal, y con los que más de una vez chocaba, cayendo de culo y quedando un tanto desconcertado, se sacudia la cabeza de un lado para otro intentando comprender que es lo que había pasado, se levantaba, y volvía a correr de un lado para otro, aparentemente descontrolado.
Miguel era bajito, delgado y moreno, nada fuera de lo común, a no ser por las gruesísimas gafas graduadas de velo blanco que dibujaban, a su través, unos enormes ojos marrones y, por gracias del destino, uno un poco estrábico; por lo cual, nunca se sabía si Miguel te estaba escuchando o, en cualquier momento, volvería a salir corriendo sin control y -seguramente- chocando contra el primer obstáculo que encontrara en su camino.
Miguel había nacido muy sano, notablemente chillón nada más respirar, tras la palmada en el trasero de la comadrona, y extraordinariamente inquieto, algo que ya se había temido su madre, pues apenas la habia dejado tranquila un momento desde el mismo instante en que Miguel -el feto- dispuso de extremidades lo suficientemente bien formadas para empezar a extrañar, a propios y extraños, con su innata afición, ya intrauterina, a la carrera descontrolada.
Nada más remarcable, a parte de una miopía galopante a la que el pediatra, sin mucha fortuna, no había dado más importancia, tranquilizando a los padres informándoles de que, en unos meses, el propio cerebro de Miguel corregiría.
Pero no fue así.
Al cerebro de Miguel le encantaba su miopía y, desde pequeño, miraba las cosas de un modo diferente; así, donde sus compañeros de clase veían a Galateo -el labrador blanco del profesor Matías, que este solía llevar al parque a pasear- Miguel veía un enorme dragón albino con muchas ganas de bronca.

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Imagen: ‘untitled’ by ☂CharlotteSpeaks (via Flickr). CC BY licence.